lunes, 15 de diciembre de 2008

¿HACEMOS UNA PICADITA?

Nota: Ésta, como todas las que aquí se escriben, es una historia verdadera por eso los nombres de los personajes fueron cambiados, si existiera alguna semejanza de apodo, nombre o apellido es pura coincidencia.





El gordo Remo era un personaje fabuloso de Gualeguay, con el cual yo era emparentado, porque se casó con la hija de una prima de papá. O sea, eramos casi parientes.

Pesaba, en esa época, unos 135 a 140 kg. Era bastante alto, un metro ochenta más o menos, muy fuerte, barrigudo y mofletudo. Si no fuera por la barriga enorme y la cara de gordo no se lo podría considerar obeso, porque era de una agilidad y disposición impresionantes.

Son muchas las historias que tengo sobre el gordo, pero ésta me resulta particularmente cómica por haberla vivenciado. Espero conseguir -en el papel- transmitir de la mejor manera posible los fatos.

Había un remate muy grande en el Sexto Distrito y lo realizaba Macheutti, famoso martillero de la región que al grito de: “¡Qué vale cuánto? ¡Cuánto vale?” no dejaba nada sin vender.

Iban a echar a remate unas vacas lecheras que mi viejo quería comprar y antes había un gran asado con cuero, la memoria no me deja recordar bien que fecha era, pero me parece que podía ser un doce de octubre.

Desde temprano, el gordo, se había preparado para la comilona. Me decía: “Sabés Angelito, esta gente del Sexto es muy habilidosa y junto con la vaquilla deben haber matado algún chancho. Y si mataron un cerdo han hecho chorizos y de los buenos, picados a cuchilla, con bastante tocino, no con grasa. ¡Qué ricos deben estar!” Y se le llenaba la boca de agua.

“Además, -continuaba- si llegamos temprano, podemos arrimarnos al asador, que con certeza van a estar asando las costillas y el matambre, porque las costillas se hacen aparte, junto con los chorizos.”


Mi viejo y un amigo, Enrique Larralde, estaban en el Jockey Club jugando a las cartas. “Timoteo” (ese era el apodo de mi viejo, por su pasado como gremialista ferroviario) vos no sos de llegar tarde a ningún lugar y para ir al Sexto ya se hace la hora.” Dijo el gordo Remo, de forma angustiada, pensando en la hora y en el asado.

Enrique había perdido plata toda la noche anterior, jugando a los dados y ahora, a la mañana, con las cartas, la llevaba linda, estaba ligando firme, tenía un buen partido y quería recuperar lo perdido. Por eso decía: “Un chiquito más y ya vamos”.

Y como iríamos en el auto de Larralde, había que esperarlo, además era muy chinchudo y no le costaba nada echarnos a la p... Cerca de las doce y media recién salimos para el Sexto. Y el tirón era largo.

“Costillas y chorizos no debe haber más, porque ya vamos muy tarde –dijo Remo. Tendríamos que parar para comprar un vinito bueno porque allá en el Sexto no vamos a encontrar... y también unas galletas y pan, porque yo sé que el Mingo les vendió las galletas anteayer a esa gente...”

“¡Pero por qué no te dejás de joder hermano! Habló alto Enrique. ¡Te la pasaste el tiempo entero diciendo que era tarde y ahora querés que pare en la despensa pa’ comprar vino y en la panadería pa’ comprar galletas! ¡No te pelo!”

Llegamos al remate como a las dos menos cuarto y un mundo de mamados nos recibió a los gritos: “¡Llegaron tarde che! ... ¡Ahí llegaron los “retardados”!... ¡Estábamos picando mientras los esperábamos! ¡Jua jua jua!

- ¿No nos dejaron nada? Preguntó Remo angustiado.

- ¡Sí acá tienen! Dijo uno por el medio de la mesa y nos tiró con una galleta... Ahí nomás se armó el cachiquengue, como que por contagio, entraron a tirarnos con todo, pedazos enormes de asado con cuero, chorizos, pan galletas y otros restos.

Enrique se enloqueció con la “recepción” y muy caliente gritó: “¡Por mí se pueden ir todos a la p...! ¡Manga de borrachos! ¡Ya los voy a agarrar uno por uno! ¡Hijos de una gran p...! Y esquivando trozos de carne se subió al auto.

Mi viejo y yo nos subimos también. Furioso y loco, Larralde arrancó dejando al gordo para atrás. Remo corría rápidamente agarrándose la barriga y con increible agilidad alcanzó a subirse al auto ya en movimiento.

Un poco más tranquilos, íbamos comentando el asunto y riéndonos de la recepción y la calentura cuando, por la mitad del camino, nos aproximabamos de un almacén rural y el gordo, todavía agarrándose la panza, dice : “Pare aquí compañero, vamos a comprar un vinito y unas galletas para hacer una picadita abajo de aquél tala. ¿Trajeron cubiertos?”

“¿Picadita de qué? Dijo mi viejo.

Poniendo cara de pícaro, Remo responde: “Pero de asado con cuero, Timoteo. ¿De qué otra cosa?” Y estirando la remera, que había estado todo el tiempo doblada en forma de cuenca, nos mostro una cantidad enorme de pedazos de asado con cuero. “Ustedes se esquivaban, pero yo abarajaba, ¡Je! ¿Hacemos una picadita?”

1 comentario:

Pablo dijo...

Che...pero qué bueno!!! Me gusta la forma que tenés de contar las cosas...al mejor estilo Landriscina. Te felicito. Lo iba leyendo y me iba imaginando todas las acciones. Y se me hizo agua la boca con lo del asado con cuero!!! Muy bueno. Saludos.